dimecres, 13 de desembre de 2017

El auténtico tesoro de Sijena


Parece bastante claro, al menos desde una perspectiva lógica, que los mismos argumentos que justificaban en su momento el retorno de los papeles de Salamanca a Cataluña, valen también para la devolución a Aragón de las piezas que estaban en el museo de Lleida. Y no me parece relevante que, en el primer caso, el expolio documental proviniera de una incautación amparada en el derecho de conquista –como farfulló Torrente Ballester ante una furibunda masa helmática contraria a la devolución-, mientras que en el segundo las adquisiciones artísticas se ampararan en un contrato de compra-venta que, según parece, no era del todo ajustado a derecho.
Cabría igualmente suponer que quiénes fueron favorables a la devolución de los legajos, deberían serlo también ahora de las maderas en litigio.  Igualmente a la inversa. Es decir, lo lógico sería pensar que los que consideraron la devolución de los papeles un expolio del patrimonio salmantino, ahora pensaran que se trata de un expolio del patrimonio catalán. No está de más recordar que, en ambos casos, la policía tuvo que entrar de noche en las respectivas dependencias. Y que también en ambos casos, hubo algaradas protagonizadas mayoritariamente por gentuza que no ha entrado en un museo en su vida, o que si lo ha  hecho, como si nada.
Pero no parece que sea así, sino que más bien se detecta una muy significativa asimetría que los propios interesados deberían explicar, si es que pueden. Por un lado, los más conspicuos enemigos del traslado de los papeles de Salamanca están actualmente entusiasmados con el retorno de las piezas a Sijena, con unos argumentos prácticamente idénticos a los que, en su momento, utilizaban los favorables igualmente conspicuos, quienes, a su vez, han hecho ahora suyos los de sus antagonistas de entonces, en un grotesco intercambio de argumentarios que, digámoslo claramente, no dice mucho de su coherencia lógica, aunque sí de su estupidez o de su mala fe, según sea el caso.
Y es que el auténtico tesoro de Sijena no son las piezas en disputa, cuyo valor artístico desconozco, pero que no parece que sean precisamente equiparables a la Gioconda o a la Piedra de Roseta, sino la golosa posibilidad de aprovechar la ocasión para seguir suscitando agravios que entretengan a los feligreses de las respectivas parroquias. Nunca mejor dicho tratándose de obras de arte sacro.
Me gustaría saber qué piensan el ínclito Acebes o el inefable Zaplana, en su momento adalides del movimiento contra la devolución de los papeles de Salamanca, del caso de Sijena. Corrijo, ya sabemos lo que piensan al respecto, igual que sabemos lo que piensan Puigdemont o Junqueras. No-sí, aquéllos, sí-no, éstos. Eso es lo que hay.
Por cierto, de Sijena era el olvidado Miguel Servet, otra víctima de la intolerancia y el fanatismo. ¿Qué pensaría de todo esto?

dijous, 23 de novembre de 2017

El "Procés": ficción y realidad


Siempre me ha parecido que el «procés» y sus personajes resultan mucho más evocables cinematográficamente que literariamente. Literariamente lo primero que le viene a uno es Valle-Inclán y lo que hubiera podido hacer de haber conocido el tema. Pero bien mirado, hay en el esperpento una cierta dimensión trágica de la vida que no acaba de encajar con la estética del «procés». Acaso porque sus protagonistas más notorios no precisen de énfasis alguno en la necesaria caricaturización literaria que requiere cualquier forma de parodia. Piensa uno en Max Estrella, en Tirano Banderas o en el inefable Bradomín, y la verdad, hay algo de real en cada uno de ellos que contrasta con la irrealidad histriónica de Puigdemont, Junqueras o, sin ir más lejos, del tándem «Rull & Turull». Frente a personajes literarios de primera fila como los citados, se les ve carentes de entidad, como impostados. No sé… tal vez literariamente encajarían en los dramas bufonescos de Gozzi, o en las sátiras de Sharpe, pero no en el noble género del esperpento.
En cambio, sí lo veo mucho más claro cinematográficamente, o como serie televisiva. Berlanga hubiera podido sin duda sacarle mucho partido, y los Hermanos Marx también. Boadella, sí, acometió la tarea en el teatro muchos años antes de que se iniciara la fase actual del «procés»… pero sin desmerecer a los anteriores, me quedo con los Monty Python. ¿Se imaginan por un momento a Graham Chapman en el papel de Puigdemont, a John Cleese en el de Artur Mas, a Michael Palin en el de Marta Rovira,  a Terry Jones alternándose en los de Pujol, Junqueras, Forcadell y «Rull & Turull», y a Eric Idle en el de Lluis Llach cantando «L’Estaca» en versión “…always look on the bright side of life”, todos ellos dirigidos por Terry Gillian y el propio Jones? Solo de pensarlo ya le viene a uno la risa. ¡Qué gran obra maestra nos hemos perdido!
Una lástima que Graham Chapman lleve muerto casi treinta años, y que el resto de los Python ya no estén para muchos trotes. Claro que, bien mirado, también es posible que no le hubieran encontrado materia parodiable al «procés» ni a sus protagonistas, porque en su irrealidad constitutiva ya son una representación que no admite parangón, impidiendo con ello cualquier tipo de creatividad al llevarla a la ficción; porque sus personajes ya son en sí ficciones y el «procés» ya es la obra representada. Y no hay nada que satirizar porque ya es una caricatura perfecta interpretada por caricatos igual de perfectos.
Dicho en otras palabras, la ficción literaria o cinematográfica interpreta la realidad desde un determinado punto de vista y perspectiva. Un autor puede escribir una obra sobre Julio César, sobre Jesucristo o sobre el rey Arturo, enfatizando en cada caso algunos aspectos del personaje que le interesen especialmente según el mensaje que quiera transmitir y la naturaleza de dicho menaje, ensalzándolo o satirizándolo, enalteciéndolo o caricaturizándolo. Sería el caso del Julio César de Shakespeare o del que aparece en las historietas de Astérix; o del Jesucristo de la ‘Historia más grande jamás contada’ y el de su réplica en ‘La vida de Brian”; o del rey Arturo que nos presenta ‘Excalibur’ y el de ‘Los caballeros de la mesa cuadrada’…
¿Pero quién podría interpretar a «Rull & Turull» o a Puigdemont sin que pareciera una mala copia del original? Una caricatura procede de un modelo al que se ridiculiza enfatizando sus aspectos más grotescos ¿pero qué hay de caricaturizable en un modelo que ya es una caricatura? ¿Qué podría hacerse con estos tipos que no hayan hecho y sigan haciendo ellos mismos en sus propias autointerpretaciones? Nada. Como suele decirse, llovería sobre mojado y cualquier intento de interpretación resultaría artificioso. Porque lo irreal, la ficción, es una copia deformada de la realidad a la que pretende representar, pero si lo que se pretende caricaturizar es ya una caricatura, el invento no funciona. Y es que, desde luego, estamos en uno de aquellos casos en que la realidad supera cualquier posible ficción.
La belleza estética en una obra de arte no implica en absoluto que fuera igual de bella en caso de convertirse la representación en real. Los borrachos de Velázquez son sin duda alguna estéticamente bellos como obra de arte, pero como seres reales resultarían repugnantes. También el «procés» y sus personajes podrían resultar bellos como obra de arte. Pero desmintiendo a Pigmalión, si la estatua se vuelve real puede no solo perder su belleza, sino incluso resultar aborrecible. Aun así ¡cómo nos hubiéramos reído de haber sido el «procés» una obra de ficción! Lástima que no lo sea.

dimecres, 15 de novembre de 2017

¿Pero hubo alguna vez 155?


Ahora resulta que la famosa declaración de independencia no era tal porque en el propio texto se establecía que tal disposición no tenía efectos jurídicos. Es decir, que se trató de un simulacro que, por otro lado y dicho sea de paso, ayuda a entender los avinagrados semblantes que exhibían los protagonistas de la proclamación en la desangelada celebración que le siguió. Pero entonces cabe preguntarse si, ya que no hubo declaración de independencia, acaso tampoco haya habido aplicación del artículo 155, o si ésta ha sido tan testimonial y carente de efectos como la independencia que pretendía evitar.

Porque si al final va a resultar que a unos les ponía esto de la independencia y les hacía «ilu» declararla solemnemente con todo el boato y parafernalia propias del caso, aunque no fuera real, sino mero teatrillo, solo para darse el gusto, entonces también cabe pensar que a los otros el cuerpo les pedía una aplicación del 155 igualmente pomposa, pero no menos vacua. Algo surrealista, sin duda, y más propio de algún numerito del tan añorado teatro chino de Manolita Chen que de políticos en ejercicio, pero es lo que hay. No se le pueden pedir peras al olmo; y tampoco deberíamos olvidar que, aun en cualquiera de sus proteicas manifestaciones, estamos al fin y al cabo en España.

Y es que más allá del ámbito meramente virtual en el que algunos parecen irremisiblemente atrapados, lo cierto es que las cosas no hay que valorarlas ni medirlas tanto por sus contenidos declarativos, como por sus resultados; o sea, por las consecuencias que acarrean. ¿Y qué ha ocurrido realmente? Pues a ver, no mucho más que si Puigdemont, en vez de proclamar la república, hubiera convocado las elecciones anticipadas que, en su lugar, ha convocado Rajoy. Sí, se han suprimido algunas agencias propagandísticas de la Generalitat y los miembros del govern y algunos de sus altos cargos de confianza han sido cesados sin el protocolario agradecimiento por los servicios  prestados ¿pero por lo demás, qué?

Los medios afines y adictos al nacionalismo siguen bramando como si tal cosa, aunque es verdad que no deja de percibirse una latente insatisfacción estupefacta por el hecho de poder seguir haciéndolo, acaso conscientes del quebranto que esto supone para su propio relato. Tampoco en la Administración de la mayoría de consejerías de la Generalitat se detectan cambios. Siguen los mismos y con los mismos e indisimulados carnets de partido de siempre. Eso sí, no hay vértice en las cúspides, pero eso, más que preocupar al personal, incluso acrecienta sus ambiciones a ocuparlas, y en ello andan ahora mismo. Sé de lo que hablo, no es una mera figura retórica.

Y cuidado, que lo del encarcelamiento de algunos y el bufonesco exilio belga de otros, será políticamente todo lo discutible que se quiera, pero no es cosa del 155, sino de los tribunales de justicia; en principio, hubiera ocurrido lo mismo de haber sido Puidmemont el que hubiera convocado elecciones anticipadas. Aunque en este supuesto la causa judicial no hubiera recaído en la Audiencia Nacional, sino en el Supremo, y ahora estaría muy probablemente en la calle y como presidente en funciones de la Generalitat.

Al final, los únicos que van a experimentar algún tipo de pérdida material en todo este embrollo formal/virtual serán las cándidas almas a las cuales, por su participación en la huelga el día 8 de noviembre, convocada por un sindicato virtual cuyas siglas seguramente ni conocían, se les detraerá el jornal de este día. Más bien pocos, por otro lado, porque trabajadores, lo que es trabajadores, brillaron más bien por su ausencia en tan gloriosa jornada.

Y sin duda también perderán algo, electoralmente en este caso, si es que hay justicia cósmica, Ada Colau y sus palmeros. De veras que lo siento por los exégetas de la Sra. Colau, siempre buscando en sus designios algún arcano que avale su presunto genio político… en vano. Decía Lincoln que se puede engañar a todos por un tiempo, y a algunos todo el tiempo, pero nunca a todos todo el tiempo. Y es que de la basura no hay exégesis posible.
Hace unos años (1991), Jean Baudrillard (1929-2007) prolamó que la guerra del golfo  no tuvo lugar. Hasta escribió un ensayo para demostrarlo. No sé yo si dicho conflicto sucedió realmente o no, no estuve allí. Tampoco la información que recibí sobre el transcurso de esta guerra, aunque parezca refutar sin paliativos que no tuvo lugar, me autoriza a dudar de la dilección de tan insigne pensador. Pero sí he estado aquí, y aplicando el mismo cuento, ya que no hubo declaración de independencia, entonces tampoco ha habido 155. Acaso solo simulacros y amagos. Juegos de ilusiones y con las ilusiones (de los demás). Nada más.

dimecres, 8 de novembre de 2017

Estado de derecho, y del revés


Algunos parecen pensar que el estado de derecho, por el hecho de serlo, ha de ser gilipollas. Es decir, que no ha de adoptar nunca y bajo ningún supuesto medidas coercitivas o represivas. Tal opinión puede deberse a la simple ingenuidad, a la confusión con estado débil o fallido, o a una instrumentalización de esta idea como pretexto. Otros, incluidos en el grupo anterior en cualquiera de sus variantes, parecen haber confundido el «procés» con un juego de estrategia de ordenador en el cual, si no me gusta cómo se me están poniendo las cosas, puedo retroceder tres o cuatro turnos, y aquí no ha pasado nada. Y en la realidad las cosas no funcionan así.
Tampoco deberíamos creer a pies juntillas en la imparcialidad de los jueces; tienen también, después de todo, su corazoncito, sus emociones y sus afinidades, sus filias y sus fobias. Una cosa es la justicia y otra sus representantes, seres humanos al fin y al cabo. Igualmente, que el poder judicial sea independiente del poder ejecutivo es algo propio del estado de derecho, sí, pero también una sentencia judicial acertada desde el punto de vista estrictamente jurídico que implique consecuencias políticas, acaso graves, puede ser en la práctica una imprudencia y acarrear consecuencias indeseables; es decir, puede ser un error político.  Y si esto ocurre, como pienso que está ocurriendo, entones algo serio está fallando. Me explico.
Admitamos que en España hay una exquisita separación de poderes, lo cual es mucho admitir, de acuerdo. No se trata tampoco, ni mucho menos, de que un político, por ejemplo, por el hecho de serlo, pueda transgredir la ley y pasársela por el arco de triunfo cada vez que se le antoje; sino de la prudencia que en un contexto político de crispación y crisis, se supone que debería presidir el criterio judicial. Un criterio de prudencia que también es aplicable a cualquier otra decisión judicial. Por esto y para esto, precisamente, el estado de derecho confiere a los jueces unos márgenes de discrecionalidad en la aplicación de las leyes en sus autos y sentencias.
En el cado que nos ocupa, lo primero que sorprende es la diferencia de criterio en la aplicación de estos márgenes de discrecionalidad entre la decisión de la jueza de la Audiencia Nacional y los magistrados del Tribunal Supremo. Ante los mismos supuestos delictivos, la Audiencia fijó prisión y el TS aplazó la vista con libertad condicional, al menos de momento. No parece coherente. Pero pongamos otros ejemplos que no susciten tantas pasiones, que tal vez ayuden a entender a qué m refiero.
Hace unos años, el por entonces juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, retuvo detenido en España al ex dictador chileno Pinochet, aprovechando una escala técnica que hacía en Barajas, por unas causas abiertas desde España contra él por alguno de sus múltiples crímenes. Sin duda una acción encomiable y ajustada a derecho ¿Pero se hubiera procedido igual con el exmandatario de alguna gran potencia  si sobre él pesara, no sé, alguna acusación de genocidio o incluso de acoso sexual? ¿Contra George Bush Jr por su implicación en la guerra de Irak o con Margaret Tatcher por la suya en la de las Malvinas? Es solo un supuesto, claro. No hay ninguna orden de búsqueda y captura contra los citados, y Tatcher ya falleció. Pero la pregunta es si se hubiera procedido igual bajo este supuesto, y me parece evidente que la repuesta es que no.
Y no se trataría de si se lo merecía o no el detenido en cuestión, ni de si se obraba de acuerdo a derecho, sino de que a nadie en sus cabales se le ocurriría detener a un ex presidente de la primera potencia mundial, a menos que su propio país lo reclamara. Entre otras razones, por las nada desdeñables consecuencias que iba a acarrear. Los EEUU, en cambio, sí lo harían con toda probabilidad en el mismo caso a la inversa. Ya lo han hecho. Las razones son obvias y sería insultar a la inteligencia de los lectores enumerarlas ahora.
No se me malinterprete. Aplaudí que se detuviera al sanguinario dictador Pinochet, y si algo deploro es que  no diera con sus huesos en la cárcel hasta el fin de sus días. Por cierto, que la posterior inhabilitación de Garzón no es que dijera mucho de la independencia del poder judicial respecto al político. Y no fue Garzón el único. De modo que cuidado con la independencia de la justicia, porque tampoco, y aparte de los muchos casos que la ponen en tela de juicio –valga la redundancia-, y por acá no escasean, es que sea tan ciega, incluso en casos plenamente ajustados a derecho. Veamos ahora qué ha ocurrido aquí con Junqueras y compañía.
La grotesca huida de Puigdemont –que por cierto da una idea muy cabal de sus escasos redaños- había dejado grogui al «procés». La aplicación del 155 no parecía que fuera a suscitar grandes animosidades más allá de las previstas y muy a la baja. La convocatoria de elecciones en un plazo tan breve –sin duda un acierto político- dejaba a la plana mayor independentista desacreditada ante sus propios parroquianos y víctima de sus propias contradicciones e incompetencias. Con el general en jefe y la mitad de su estado mayor poniendo los pies en polvorosa a las primeras de cambio, y con la otra mitad que se quedó poniéndosele cara de huevo, no es que los augurios para semejante armada fueran precisamente muy halagüeños. Durante un breve lapso de tiempo, hasta se respiró un ambiente de tranquilidad que hacía tiempo que no teníamos la ocasión de disfrutar en Cataluña. Se constataba, además, contra lo que sus pregoneros proclamaban, que todo el «procés» había sido un movimiento inducido y dirigido desde arriba hacia abajo, y no al revés, como sostenían los implicados.
Y resulta que estando citados por los mismos cargos y acusaciones en el mismo día ante el TS, unos, y ante la Audiencia Nacional, otros. El primero concede un aplazamiento de la vista a la vez que retira el pasaporte y pone bajo control policial a los encausados, mientras que la segunda decreta prisión incondicional para los suyos –con la excepción de Vila, que se había desmarcado a última hora-. ¿A qué obedece esta diferencia de criterio?
Sin duda se dirá que obedece precisamente a uso de los márgenes de discrecionalidad que, de acuerdo con su propio criterio e interpretación, hicieron de las mismas acusaciones la sala del Supremo y la jueza de la Audiencia, respectivamente. El resultado, unos en libertad, los encausados por el Tribunal Supremo, y otros en la cárcel, los de la Audiencia; al margen de los fugados, claro.
Admitamos que ambos criterios se ajustan a derecho, con independencia de lo opinión que nos merezcan. Pero lo cierto es que con el encarcelamiento, se le ha dado al independentismo el oxígeno que necesitaba, precisamente cuando estaba al borde de la asfixia, víctima del exceso de CO2 que sus propias bombonas contenían; es decir, de sus propias contradicciones y marrullerías.
¿Es esta una actuación inteligente por más ajustada a derecho que pueda ser? Pues inteligente, la verdad es que ciertamente no lo parece. A menos que no haya también intencionalidades políticas implícitas. Porque por más independiente que deba ser el poder judicial, los márgenes de discrecionalidad en la toma de decisiones dependen, ante las mismas acusaciones, de valoraciones que no excluyen per se la dependencia de criterios, por ejemplo, de orientación política o simplemente subjetivos. Y cuando una decisión judicial, ya sea ciegamente atenida a criterios legales o escudriñando por el rabillo del ojo, tiene claras y graves implicaciones políticas, se le está jugando una mala pasada al estado de derecho, por el revés de sus propios ropajes.
¿No hubiera sido más coherente, y sobre todo, más inteligente, proceder como el Supremo, dejarlos en libertad condicional vigilada y arremeter contra los fugados? Pienso que sí, pero es lo que hay, y así ahora la volvemos a tener liada.

dilluns, 16 d’octubre de 2017

De la utopía a la distopía



William I. Thomas (1863’1947) formuló en 1928 el principio que lleva su nombre: «Si las personas definen situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias». Desde una lectura leve, o líquida –por no decir grosera-, este enunciado podría entenderse como una legitimación y hasta una auténtica apología del discurso de la posverdad. Pero lo que se nos está diciendo es algo muy distinto: la verdad, lo real, no lo es por más que alguien así lo decrete volitivamente; lo fenoménico -los «hechos»- sigue prevaleciendo y entrometiéndose en nuestras definiciones. Y entonces reaparecen el viejo Aristóteles y su teoría de la adequatio. Son los enunciados los que se han de adecuar al estado de cosas, a la situación que se pretende definir. Y si no se produce esta adecuación, entonces se está incurriendo en un error.

La verdad del relato construido sólo lo es en otro orden: es verdad que subjetivamente, o intersubjetivamente, éste es mi relato, o nuestro relato, pero poca cosa más. Alguien puede decir que está lloviendo ante un sol radiante. Será verdad que ha dicho que está lloviendo, pero si no llueve, se trata de un enunciado falso. El enunciante podrá estar convencido de que, efectivamente, está lloviendo; o también puede que pretenda hacérselo creer a otros, con cualesquiera finalidades. Y dicha verdad lo es ciertamente en sus consecuencias. Si pienso que llueve, y soy aprensivo en temas lluvia, no saldré de casa y dejaré de hacer lo que tenía previsto para el día –una entrevista de trabajo, por ejemplo-, o saldré a la calle vestido con un impermeable y un paraguas innecesarios –en cuyo caso en la entrevista me tomarán por un chalado-.

En otros ámbitos de más trascendencia, como el de la política, el recorrido de este tipo de relatos suele resolverse, en sus consecuencias, en el trayecto que va de la utopía a la distopía. Siempre proporcionalmente con la intensidad del relato. Definir como real una situación que no se corresponde con la «realidad» de los hechos, comporta partir de unos presupuestos que determinarán una definición falsa de la estructura de estos hechos, desde la consideración autorreferencial de la propia posición, hasta la percepción distorsionada de esta propia posición en el contexto de correlación de fuerzas que se corresponda con la estructura de esta realidad, lo cual, por lo general, acarrea consecuencias que no son las esperadas ni las anunciadas, sino con frecuencia contrarias.

Esto es precisamente lo que está ocurriendo con el «procés», cuya presente fase está ahora a punto de culminar. Se definió como real una situación a partir de un relato que acabó tenido como real por una buena parte del cuerpo social. Y como tal, está deviniendo real en sus consecuencias.

Un relato ciertamente mucho más complejo que el de un pobre chalado con fobia a la lluvia. Aquí se trata de un relato con sus respectivos discursos histórico, político, cultural, económico e identitario, que se ha ido imponiendo como pensamiento único, y cuyas consecuencias ya estamos viendo que no serán la llegada de la utopía en forma de República catalana independiente, sino otras más bien distópicas y de signo contrario. Incluso si llegara la República catalana.

Estábamos en una revolución de las sonrisas, mientras sonrientes y «reputados» economistas, productores culturales, activistas, políticos, ideólogos, sicofantes de toda laya y, en general, gente encantada de haberse conocido, nos la definían como la más deseable de las buenas nuevas que en el mundo han sido. Difícil sustraerse a ella para quienes creyeran en su viabilidad. Una viabilidad que formaba parte axiomática del relato y que, se decía, estaba perfectamente encarrilada. Las empresas internacionales se iban a dar de bofetadas para asentarse en esta nueva y emancipada tierra de promisión. Estaríamos automáticamente en la Unión Europea -¡cómo no, siendo carolingios!-. El dinero abundaría porque con los dieciséis mil millones que «Espanya ens roba», ataríamos a los perros con longanizas. Todos los países relevantes del orden mundial nos iban a reconocer automáticamente y a dar la bienvenida. El mundo estaba pendiente de Cataluña y de la realización de su destino manifiesto. ¿Y el Estado español, qué iba a hacer? ¿Pues qué va a poder hacer? ¡Nada! Porque nada se puede hacer frente a la mayoritaria voluntad de un pueblo ocupado decidido a (re)tomar las riendas de su destino. En el siglo XXI las cosas no se pueden resolver con la violencia, sino con la democracia, así que a votar el 1-O...

Todas estas cosas, y muchas más del mismo tenor, se han dicho una y otra vez desde las más variadas instancias. Basta con consultar las hemerotecas. Oponerse a cualquiera de ellas, o tan solo matizarla, significaba ser arrojado a las tinieblas del espacio exterior, al reino de los réprobos.  O al de los renegados.

Pero ahora resulta que en lugar de venir aquí todas las empresas del mundo, se han ido ya cerca de seiscientas; que Europa no está por la labor, ni ningún otro país relevante; que lo único que puso en el candelero internacional a Cataluña fue la torpeza del gobierno al mandar a la policía a reprimir una carnavalada que ni Maduro se hubiera atrevido a organizar; que tampoco esto de la voluntad mayoritaria del pueblo catalán es así a menos que estemos ante las matemáticas de Alicia en el país de las maravillas; que resulta que el Estado sí está dispuesto a hacer algo y el artículo 155 de la Constitución ya pende como la espada de Damocles…

Cada vez parece más claro que la denominada «desconexión» era sobre todo, más que con España, con la realidad. Y ahora, sin que se sepa aún si se declaró la independencia o no, nada hace pensar que vaya a llegar la utopía que algunos irresponsables y desaprensivos prometían, encima, como independencia «low cost», todo de buen rollete.
Alguien debería haberles explicado que la independencia low cost no existe. Pero desde el relato definido como real, intersubjetivamente, por la mayor parte de los independentistas, no es así, excepto, claro, en sus consecuencias.

dimecres, 4 d’octubre de 2017

De la Tierra a la Luna


Por más vueltas que des, el culo siempre estará detrás. Una frase ciertamente autorreferencial que constata una evidencia irrefutable sobre la propia perspectiva, pero no sobre la de los demás. Según en qué fase de vuelta esté y la posición del observador respecto al observado, éste estará de culo, de cara o de perfil.  Lo mismo con respecto al observador desde la perspectiva del observado.
Pero no parece que ocurra así con la Luna; siempre nos muestra la misma cara dejando su otra (casi) mitad oculta. Es decir, nunca le vemos el culo. Pero si gira también sobre su propio eje –rotación-,  además de orbitar alrededor de la Tierra –traslación-, parece contradictorio que nunca la veamos de “espaldas”. Una paradoja solo aparente, claro. Hace algunos años, cuando todavía se explicaba Historia de la Filosofía en nuestros institutos, conseguí que todos los alumnos lo entendieran sacando a una pareja a bailar.
El típico movimiento de baile en el que ella gira alrededor de él, cara a cara, y él simplemente rota sobre sí mismo. “¿Lo veis?”, les dije, “Esto mismo es lo que pasa con la Tierra y la Luna”. “No, no”, objetó alguien, “Ella solo está girando alrededor de él, no sobre sí misma”. Entonces les hice reproducir el baile describiendo un círculo completo a cámara lenta. “¿Qué ves ahora más allá de tu pareja?”, le pregunté a ella. “La puerta de la clase, respondió; “¿Y ahora?”, “La pizarra”, “Las ventanas”, “las mesas, a mis compañeros y la pared del fondo de la clase”, “La puerta de la clase… ¡de nuevo!”. Entonces todos entendieron que la chica había descrito también un movimiento rotatorio sobre sí misma, porque de otra manera, habría estado viendo siempre lo mismo. “Lo que pasa es que ella tarda el mismo tiempo en dar una vuelta completa alrededor de él que en darla sobre sí misma –son dos movimientos sincronizados-, y esto es exactamente lo que ocurre con la Tierra y la Luna”.
¿Y en política? ¿Está siempre el culo detrás por más vueltas que demos? ¿Las sociedades catalana y española tienen siempre el culo detrás? Sin duda, desde la perspectiva del que considera solo su propia posición como sistema de referencia, así sería, pero solo para él. Y si, de acuerdo con esto, consideramos al otro solo desde nuestra propia perspectiva, entonces podríamos pensar también que la Luna solo gira alrededor nuestro, como la primera reacción de algunos alumnos  en el ejemplo anterior. Tampoco es anecdótico que a quienes más les costó comprender el tema fue a los propios bailarines. A los observadores les resultó relativamente fácil percatarse de que habían omitido algo que, ello no obstante, estaban viendo. Porque no solo veían a la chica girar alrededor del chico, sino que también la veían a ella de cara, de perfil o de espaldas según la posición respecto a ellos.
Pero si adoptamos, o intentamos adoptar, la perspectiva del observador, su sistema de referencia, acaso entonces entendamos y sepamos describir la naturaleza de los movimientos observados mejor que sus propios protagonistas. Y alguien deberá decirle al chico que es el único que no ve el culo de la chica, y a la chica que es la única que no ve el culo del chico. Será una trivialidad que incluso a alguien puede que le parezca grosera. Pero es lo que hay. Y si a cualquiera de los dos le da por querer verle el culo a su pareja de baile, se acaba el baile.
Ignoro si es el caso solo de la Luna o si se conocen otros de órbitas sincrónicas. Tengo entendido que es algo excepcional, pero no puedo asegurarlo. No sé tampoco qué ocurriría si la Luna dejara de repente de orbitar con sus dos movimientos sincronizados, pero seguro que nada bueno, aunque entonces sí que le veríamos el culo. En el caso político, está muy claro.
Y si alguien me pregunta quién es Cataluña y quién España en esta metáfora orbital, le diré que cualquiera puede ser una u otra, porque cuando solo cuenta el propio ombligo, tanto puede decirse que orbita la Luna alrededor de la Tierra , como que la Tierra que lo hace alrededor de la Luna. Quizás valdría la pena preguntárselo a los observadores, no sé, a Júpiter o al Sol. Pero claro, es que los suyos son otros sistemas de referencia, otras perspectivas. Se dirá que esto excluye las emociones, los sentimientos, pero entonces ¡Ay, Ay, Carmela!

dimarts, 3 d’octubre de 2017

La ley de los hechos y los hechos de la ley


La ley solo rige si su depositario legítimo está en condiciones de hacerla cumplir efectivamente, de lo contrario, es papel mojado. Si el gobierno, como era su obligación, sabía que no estaba en situación de impedir el referéndum, al menos en los términos hasta los cuales le podía parecer razonable llegar, entonces, y como comentaba Gregorio Luri respondiendo a un seguidor discrepante en su (excelente) «Palos de ciego en Cataluña», alguien mandó a la Policía Nacional a una misión que no podía tener éxito.

Y claro, pasó lo que pasó. Mucho más hábil en agit-prop y comunicación, la Generalitat reivindicó como éxito «democrático» y participativo un referéndum bananero, de parte y sin las menores garantías, consiguiendo que las primeras planas de los principales periódicos internacionales se centraran en la violencia ejercida por la policía española frente a un pueblo que sólo quería «votar». Con ello se le proporcionó al independentismo la foto que deseaba, rápidamente utilizada como coartada para para revestirse de una legitimidad de la que carece por completo.

El gobierno de Rajoy, por su parte, solo supo añadir a un guion que había caducado a primeras horas de la mañana del domingo, el recurrente relato de la puñalada por la espalda. Y los traidores, claro, fueron los Mossos. Sorprende, en cambio, como nos indicaba Ignacio Escolar, que de los 319 colegios electorales cerrados –un exiguo 14% del total, muy poco para tanta aparatosidad-, los Mossos clausuraran 227, frente a los 92 de la Policía Nacional y Guardia Civil juntas. Un dato para pensar. Que cada cual lo interprete como Dios le de a entender.

Si resulta, en cambio, que el gobierno desconocía las dificultades con que iba a topar y, consiguientemente, que con los recursos que estaba asignando iba a fracasar, entonces es que estamos ante una cuadrilla de ineptos cuya incompetencia les inhabilita para las responsabilidades que ejercen. Porque elementos para conocer la realidad catalana, los tienen sobrados y de todo tipo. Y si, volviendo a lo anterior, eran conscientes de lo que se iban a encontrar, entonces a su torpeza cabe añadir una irresponsabilidad solo comparable a la de sus pares independentistas.

Y esta torpeza comunicativa y política prosigue sin solución de continuidad. Ahora resulta que quien se oponga o manifieste su rechazo a la violencia policial del domingo, es que está comprando el relato independentista. Una absoluta falsedad que no es sino otro regalo al independentismo, que ha monopolizado la jornada de protesta contra la violencia policial instrumentalizándola como una nueva prueba de fuerza independentista.

Una prueba de fuerza que, por otra parte, consiste ni más ni menos que en un lock-out, es decir, según sus propias palabras «cerrar el país» mediante el «ordeno y mando». Es también una prueba de que éstos, como los otros, desconocen por igual sus límites. Porque es un absurdo autorreferencial. Que un gobierno –nacional, regional, autónomo o lo que sea- convoque una huelga general contra otro gobierno y cierre sin más, es un sinsentido. Porque al «otro» gobierno, esto sí que le deja más o menos indiferente. Hoy no irán a trabajar los funcionarios, sean o no independentistas. Y los sumarán a todos, claro. Una suma irreal concebida para invocar una victoria irreal contra un enemigo que, ¡oh sorpresa!, no resulta ser sino uno mismo.  

Porque de haber sido una huelga en regla convocada legalmente por sindicatos –que son quienes convocan las huelgas según la ley-, con sus correspondientes descuentos salariales, el seguimiento hubiera sido mínimo incluso con el rechazo generalizado que provocó la intervención policial del domingo. Y lo mismo que con el gobierno de Rajoy al sacar a la policía, si el de Puigdemont sabe esto, está incurriendo en una temeridad e irresponsabilidad culpables sin paliativos. Y si no lo sabe, entonces es que son una cuadrilla de orates fanatizados. Sea lo que sea, tenemos hoy un lock-out con estética huelguística bajo el neologismo «cierre de país». El discurso de la posverdad al borde mismo de sus límites.

Decía Aristóteles en su «Política» que las revoluciones se producen por la torpeza de los gobernantes. Mal augurio, estamos en manos de torpes, sin que sirva de consuelo que la incompetencia esté tan bien repartida entre uno y otro bando; al contrario, en esto consiste precisamente la tragedia. ¿Quién será el próximo en cagarla?
Tiempos de lógicas muy perversas, los que estamos viviendo.

diumenge, 1 d’octubre de 2017

En busca del error forzado


Cuando el conflicto es político y no jurídico, en la medida que lo segundo cuelga de lo primero, la lógica de la aplicación de la ley lleva inexorablemente hasta lo que ha llevado hoy. Mucho me temo que el gobierno español no ha entendido nada de nada. Porque hoy no se acaba un determinado proceso, sino que precisamente empieza su siguiente fase y en el escenario que deseaban los dirigentes independentistas, que han provocado el error forzado del contrario, víctima de sus propias incompetencias. Esto irá a más, y es muy posible que se produzca una ulsterización de Cataluña cuyos costes serán insostenibles y tarde o temprano, si se persiste con tal torpeza y acaso controlado por los cascos azules, habrá un referéndum y lo ganarán los independentistas.

El regalo que el gobierno español le ha hecho hoy al «procés» al servirle en bandeja lo que sus dirigentes perseguían, esto es, el enrarecimiento de la situación y la radicalización que conllevará, verdaderamente no tiene precio. Es difícil ser más inepto. Sí, es verdad, desde la lógica del derecho y del imperio de la ley, el Estado no tenía otra alternativa, sobre todo después de las bravatas que ambos bandos habían entrecruzado. Pero esta ha sido precisamente su equivocación, haber llegado a la inevitabilidad del error forzado por haber persistido en lo jurídico y no haber querido entender la auténtica raíz política del problema, o acaso no haber podido entenderla haciendo gala de sus evidentes limitaciones políticas e intelectuales. Se podrá decir que la actuación policial ha sido brutal, para unos, o proporcionada, para otros, según, claro, el bando en que cada cual esté. A mí me parece que ha sido una sobreactuación chulesca e ineficaz.

Chulesca porque aun sabiendo que la cosa iba de sobreactuaciones, y que iba a suscitar similares reacciones tanto si la guardia civil acudía para ayudar a las ancianitas a cruzar la calle como si entraban los tanques por la Diagonal, se optó por la arrogancia y la altivez. Ineficaz porque no ha conseguido su propósito de detener el referéndum; la Generalitat dirá exactamente lo mismo y dará los mismos datos que hubiera dado en caso de que no hubiera habido acción policial y lo venderá como un esforzada victoria aún más enaltecida por las dificultades superadas. Y además se ha encrespado a una buena parte de la población que, en principio, se sentía ajena y hasta contraria al referéndum por la forma como se había organizado, tan parcial, sesgada y sectaria como la propia actuación policial de hoy.

Hace cinco años, cuando empezó todo esto, la convocatoria de un referéndum pactado entre el Estado y la Generalitat, a un par o tres de años vista, previa reforma de la Constitución si ello era necesario, hubiera arrojado un resultado de goleada por parte del «unionismo». No sólo así lo indicaban las encuestas, también se palpaba. Y se hubiera acabado el problema. Hoy ya no está tan claro, y a poco que se siga por esta línea, lo que estará claro es que para cuando se celebre, la goleada correrá a cargo del independentismo. Lo dicho, es difícil ser más incompetente. El independentismo está a punto de llegar al escenario que anhelaba y que sólo la estupidez del contrario podía brindarle. 
Porque lo de hoy ha sido mucho peor que una reacción proporcionada o brutal. Ha sido caer en la trampa; ha sido, simplemente, un terrible error. Y los errores se pagan.

divendres, 29 de setembre de 2017

Abstenerse fanáticos


Tal vez la clave de todo este embrollo nos la esté exponiendo «El Mundo Today», lo más parecido a Monty Python, y hasta mejorado, que se haya dado nunca por estos pagos. El enlace aquí. Simplemente genial.

dijous, 21 de setembre de 2017

Los viejos nacionalismos nunca mueren




Hay en el nacionalismo catalán dos características constitutivas que se están haciendo especialmente patentes en los confusos tiempos por los que estamos pasando actualmente. La primera consiste en sus dificultades conceptuales para entender la idea de estado (moderno) –tanto ajeno como propio-; dificultades deudoras sin duda de una concepción prepolítica ligada a su condición de correlato del neonacionalismo español excluyente, que surge como consecuencia del desastre de 1898 y que se apropia en régimen de monopolio de las ideas de nación y de España que había estado combatiendo durante todo el siglo XIX. Me refiero al modelo nacionalista español que, en lugar de superar la diferencia, propugna su simple supresión.

La segunda es su idea de España a modo de foto fija, monolítica e inalterable en el transcurrir del tiempo, que podríamos ilustrar como una foto en blanco y negro de la España de 1900 o, si lo preferimos, de algún NODO de los años cuarenta o cincuenta. Esta segunda característica parece ser la clave de bóveda de todo su discurso, ya que de lo contrario estaría negando su propio relato.

No debería por tanto sorprendernos el arbitrario procedimiento impuesto al Parlament hace unos días para aprobar las leyes de desconexión y del referéndum del 1-O, saltándose y vulnerando su propia normativa y procedimientos legalmente establecidos. Porque si está en juego la «Nación», todo lo anterior no son sino trabas burocráticas destinadas precisamente a bloquear su realización como tal; igual que el tedioso escrúpulo de las mayorías o minorías. No, esto no va de eso. Y es que la Nación es lo primero. Exactamente lo mismo que, desde el españolismo más rancio, sostenía el general retirado Chicharro con respecto a España y la Constitución: que España es anterior a la Constitución. Substancia y accidente; el ser y el devenir. Uno puede ir mutando, o adaptándose, pero es lo que es y eso es lo primero.

Obviamente, la idea ilustrada de la república de los ciudadanos es completamente ajena a los esquemas mentales por los que se mueve esta concepción, que no son sino la adaptación política de planteamientos prepolíticos de la idea de nación, la que cuajará en el nacionalismo identitario de reacción romántica contra la revolución francesa, con Herder y Fichte como impulsores intelectuales, y que se materializará en la Alemania del II Reich en 1870, bajo el modelo de Nación-estado, contrapuesto al de Estado-nación. Mientras éste pivota en torno al concepto de ciudadanía, aquél hace lo propio con el de Volksgeist.

A lo largo de los tres primeros cuartos del siglo XIX, el fracaso de España como nación política estructurada en torno a la idea de Estado-nación se resolvió con la Nación-estado de inspiración alemana, más o menos chapuceramente durante la restauración canovista –que no fue sino un apaño-, activándose en su forma más excluyente tras la humillación de 1898 y la consiguiente liquidación de un imperio moribundo, hasta eclosionar en la guerra civil 1936-39, y extendiéndose durante la posterior dictadura franquista hasta 1975.

Todo esto dejó unos posos de cutrerío irredento que seguimos arrastrando hasta hoy en día. Tal vez la Constitución de 1978 fuera también un apaño, pero lo cierto es que tampoco la foto fija de la España de charanga y pandereta que nos presenta el nacionalismo catalán es sostenible hoy. Y si bien hay ciertamente sectores nada desdeñables en el PP que sin duda alguna responden a este arquetipo, tampoco parece serio identificar a todo el PP con ella y, menos aún, a todo el resto de España. Como me comentaba hace unos días un amigo a propósito de una entrevista en un casposo programa de televisión, Bertín Osborne será sin duda España, pero Antonio Banderas también; y no son lo mismo. Pero el reconocimiento de esta realidad es inasumible para el nacionalismo catalán, porque entra directamente en conflicto con su propio discurso narrativo.

Y con ello llegamos al cabo de la calle: hay que conseguir como sea que «España» se comporte de acuerdo con la imagen que de ella hemos proyectado, y si para ello hay que forzar la realidad incumpliendo la ley, pues se hace. Y lo bueno del caso es que tal relato puede funcionar, sobre todo a partir de la intervención de las fuerzas de la policía nacional y la guardia civil ayer en Barcelona, y la reacción que suscitó entre el independentismo y la izquierda rousseauniana y antiilustrada, hablando ya de fuerzas de ocupación militar y de presos políticos.

Y sí, podrá tal vez funcionar y el relato se hará corresponder con la realidad, sin grandes esfuerzos hermenéuticos. Pero también es cierto que, desde la perspectiva que da la distancia intelectual y la no adscripción ni al nacionalismo catalán ni al español, me parece indudable que el punto al que se ha llegado con el desafío independentista habría provocado similares reacciones en cualquier estado estado de derecho del mundo. Se diga lo que se diga y se mire como se mire. Lo demás,  hiperactuaciones destinadas a atizar fuego del «emocionario» colectivo y a cargarse de razones, o de sinrazones.

En realidad, estamos ante un escenario de ruptura entre dos poderes en conflicto que reclaman para sí sus respectivas legalidades. Pero el conflicto no es legal, sino político. Porque si fuera un problema de derecho, pues hombre, no parece que si para reformar el Estatut se requieren dos tercios de votos favorables en el Parlament, para una ley que se desengancha de la legalidad de la que emana y abre las puertas a la declaración de independencia, baste con la mitad más uno.  Pero tampoco parece un problema de derecho, sino también político, que el TC declarara ilegales artículos del Estatut que son perfectamente legales en Andalucía o Valencia –sin que el PP ni nadie se rasgara las vestiduras e iniciara campañas mediáticas y judiciales en contra-, o que se le niegue a Cataluña un concierto económico al que sí tienen derecho otros territorios como Euskadi o Navarra.

Mucho me temo que aquí no hay inocentes, sino que todos comparten un alto grado de culpabilidad. Y en ésas seguimos. Por supuesto, y como siempre ha sido, el bando que gane será la legítima fuente de derecho. No vienen buenos tiempos. Va de nacionalismos

dissabte, 26 d’agost de 2017

La «conversión exprés» como autoexculpación



De entre todas las explicaciones que ha suscitado el estupor por los recientes atentados de Barcelona (y Cambrils), sin duda el que más ventajas ofrece es el de la «conversión exprés». Ignoro si los eminentes científicos sociales, y los distintos expertos en el tema, la han formalizado ya debidamente como paradigma, pero lo cierto es que su aceptación entre el personal corre pareja con la extraordinaria difusión mediática que se le está dando.

En esencia consistiría en lo siguiente. Tenemos a un chaval o grupo de chavales de extracción socioeconómica baja y/o rayana la marginalidad; de religión, teórica o práctica, musulmana; criados en poblaciones occidentales y educados plenamente dentro del sistema educativo occidental; normales y sin otras veleidades que las propias de su edad… Un buen día, caen bajo las pezuñas de algún desalmado que utiliza con ellos las más sofisticadas técnicas de modificación de conducta y, a los dos o tres meses, cometen un sanguinario atentado terrorista. Sin que nadie se explique cómo unos jóvenes más o menos normales hayan sido capaces de semejante atrocidad.

Se trata de un modelo que presenta varias ventajas frente otras teorías, más simples o más complejas, pero cuya argumentación requiere tirar de ámbitos poco recomendables e incontemplables por definición, al menos desde la corrección política y el buenismo. Y es que el correlato del buenismo sería el «marismo». Además, casa con el modelo dualista cristiano de la conversión paulina y con ciertas reminiscencias iluministas, invertidas, que enlazarían con la tradición del pacto con el diablo. La lucha del Bien contra el Mal, en definitiva, bajo una secularizada teología de la irreductibilidad. Pero lo más importante de todo es su carácter exculpatorio. Porque ante la irreductibilidad, ante este fatum trágico, quedan eximidos todos aquellos que debían velar por su evitación con carácter preventivo. Y no me estoy refiriendo a la policía; ya sean moscos, policía nacional o guardia civil. Estas cuitas las dejo para los rufianes de turno.

Más allá de la irreprimible tendencia a enfocarlo todo desde la perspectiva emotivista, lo cierto es que uno puede lamentarse de sus propios errores, o de los del sistema, pero entonces se trataría de un lamento autoinculpatorio con eventual posterior recorrido expiatorio; del reconocimiento que algo se hizo mal. El recurso a la fatalidad, a lo irreductible –a la intervención del mal-, en cambio, tiene la ventaja de eximir de cualquier indicio inculpatorio porque la redención radica en la propia intencionalidad redentora de la acción. Y si luego ocurre una fatalidad porque aparece el demonio, ya se sabe, el hombre propone y Dios dispone.

Podría seguir con el almibaramiento que exudan tantas noticias sobre el (sincero) dolor de los parientes de los terroristas, o con las anécdotas de su anterior existencia cotidiana –en algún caso no precisamente muy edificante-, o con la execrable carta que evocaba lacrimógenamente cuán buenos niños eran en su infancia estos terroristas, antes de caer en las redes del imán-camello. ¡Pues claro! Hitler también fue sin duda alguna un niño adorable en algún momento. Pero es que está en la condición de niño dejar de serlo. Y la desresponsabilización por el hecho de haber sido una vez niño apelando a ya más que ajadas teorías es, simplemente, una falacia de lo más burda. Claro que si de paso le exculpa también a uno mismo, pues mejor que mejor.
O podría seguir describiendo las similitudes entre estas reacciones y las que se produjeron hace dos años y medio, cuando un alumno asesinó a un profesor, por cierto, también en Barcelona. Pero por ahora, me parece ya suficiente. El caso es que seguimos en las mismas. Ahora toca «conversión exprés».

dissabte, 19 d’agost de 2017

Pues no lo entiendo



Hay veces que no se puede callar, y esta es una de ellas. Pero no voy a lamentarme ni a manifestar mi perplejidad incrédula ante la capacidad humana para el mal. Dese por hecho y pasemos a lo que verdaderamente me intriga de estos recientes atentados terroristas islámicos en Barcelona y Cambrils.

Lo más significativo no acostumbra a ser lo que se dice, sino lo que no se dice. Y mucho me temo que esto rige también en este caso. Conocemos ya a estas alturas una buena parte de la trama, pero hay algo que no consigo explicarme cómo es posible que nadie se plantee. Ni siquiera estos sabios que aparecen por televisión dándonos las claves de todo.

¿Cómo puede ser que un grupo de extraños «okupe» un chalet en una urbanización y se monten allí un auténtico laboratorio de alquimia destinado a obtener explosivos lo más dañinos posibles? Luego resultó que además de rarillos, eran asesinos vocacionales fanatizados. Bien, pero lo relevante, lo significativo es cómo nadie denunció ni se ocupó de, no ya los indicios de sospecha de que allí se estuviera  tramando algo, sino de la simple ocupación de un chalet por parte de alguien que no era su propietario.
 
Estamos hablando de un chalet propiedad de un banco, que se le debió embargar a alguien que no pudo pagar la hipoteca y que el banco se quedó en propiedad. En una urbanización situada en «Alcanar-platja», término municipal de Alcanar, pero más cercana al núcleo urbano de San Carlos de la Rápita que al de Alcanar o a «Les Cases»; en la misma partida donde un camping ardió con sus ocupantes hace unos cuarenta años. No estamos hablando precisamente de una megápolis con la densidad de población de Calcuta, pero tampoco de los Monegros. Una urbanización acaso sin ningún especial glamour, pero urbanización al fin y al cabo, con sus casas con garaje, alguna piscina propia y todo esto; con gente viviendo en los inmediatos aledaños... Y va un grupo de destripaterrones que proviene del otro extremo de Cataluña, se instala ocupando una vivienda expropiada por un banco, se hacen con hasta 150 bombonas de butano sin levantar sospechas, y montan un laboratorio digno del doctor Bacterio hasta que el mustafá metido a alquimista confunde el polo positivo con el negativo y salta por los aires reuniéndose con Alá por la vía de urgencia. 

¿Cómo nadie dijo nada durante estos meses? ¿Miedo de los propietarios convecinales a que se les calificara de fachas si denunciaban una ocupación? ¿Amenazas? ¿Displicencia administrativa? ¿Privilegios legales de la condición de «okupa»? ¿Conocían estos mustafás las leyes y consideraron que haciéndose pasar por «okupas» estarían más seguros y pasarían más desapercibidos que si alquilaban cualquier piso de lo más cutre y pagaban por él?

Eso sí, a los cenutrios que hasta hace unos días tuvieron sus cinco minutos de gloria apareciendo en todas las portadas y noticiarios por sus esforzadas y bizarras acciones contra el turismo, se les habrá puesto cara de huevo. Tendrán que pensar en otra cosa, porque los turistas ya han empezado a dejar de venir.

Pero mi pregunta sigue siendo cómo es posible pasar desapercibido «okupando» un chalet, ilegalmente, durante meses, montar en él un laboratorio de explosivos y con más de 150 bombonas de butano cuya adquisición parece que pasó igualmente desapercibida... y que nadie parezca haberse enterado de nada hasta unas horas después de que un imbécil se volatilizara por no saber leer un manual, cuando sus colegas ya la habían liado, y se establecieran conexiones por un alquiler de furgonetas. Esto es lo que me parece más preocupante. Porque entonces puede volver a ocurrir. Basta con que los terroristas de den cuenta de que la mejor manera de pasar desapercibidos es jugar a «okupas».

dilluns, 10 de juliol de 2017

De gallinas y de faroles (a vueltas con el "Procés")





El juego del «gallina» consiste en que la victoria pasa necesariamente por el desistimiento del rival; de lo contrario, nadie gana y todos pierden. Lo describe el canto XXIII de La Ilíada, que nos narra la carrera de carros en honor de Patroclo, con Diomedes y Eumelo como protagonistas. Más modernamente, el cine nos mostró a James Dean con el coche a toda velocidad compitiendo para ver quién conseguía frenar deteniéndose más cerca del abismo que hacía las veces de meta.
Una variante particular la tendríamos en «Juegos de guerra», donde el ordenador que iba a iniciar la guerra nuclear acaba deteniéndola in extremis cuando le introducen en el programa el juego del tres en raya, y «entiende» que nadie iba a vencer. En este caso nadie le llamó gallina porque se trataba de un superordenador, pero en la versión humana, para que haya vencedor se requiere de un gallina, de algún cobarde que se arrugue en el último momento permitiendo la victoria del «héroe», del valiente. De lo contrario, o todos los coches acaban despeñándose por el precipicio –con sus ocupantes dentro-, o todos los carros chocan entre sí y se acaba la carrera, o, en fin, la humanidad se autoaniquila en una guerra nuclear.
(...)
 
El artículo completo, aquí.

dimarts, 13 de juny de 2017

De los reyes godos a juego de tronos





Vaya por delante que nunca tuve que memorizar la lista de los reyes godos. Lo confieso. Sí empollé las tablas de multiplicar hasta la del nueve, las preposiciones, las conjunciones, las conjugaciones verbales –irregulares incluidos-, los sistemas cristalográficos,  las declinaciones latinas y un sinfín de fórmulas -matemáticas, físicas químicas-… pero los reyes godos, no. Tal vez alguien podría aducir que haya olvidado que me obligaran a memorizar tan regia lista -aquello de la memoria selectiva…- Pero no. Y refuerza tal convicción que conozca a nadie que recuerde haber tenido que memorizarla, tampoco de generaciones anteriores a la mía. De modo que será sin duda una anécdota elevada a la categoría de ejemplo convertida luego en leyenda urbana.
O una posverdad, que diríamos hoy (...)

El artículo completo aquí