divendres, 8 d’abril del 2016

Los canales de Panamá



Un canal es un lugar de paso, una vía abierta a través de un medio impracticable para desplazarse. Como en tierra firme había caminos de a pie, de herradura y de rueda. En el caso que nos ocupa: una vía acuática que permite transitar entre tierra firme. Los ingleses, por ejemplo, acaso por su condición insular y marinera, tienen en su idioma tres términos distintos para definir lo que nosotros nos basta con uno: «Channel», que refiere a un estrecho marítimo natural, como su canal de la Mancha; «canal», que refiere a un cauce o conducto artificial por el que discurre el agua, como podría ser un canal fluvial; y, una vez más «canal», escrito igual que en el segundo caso, pero pronunciado diferente, que nos remite a algo parecido a un estrecho marítimo (primera acepción), pero artificial. En este tercer caso se encuentran el canal de Suez, o el de Panamá.

Oí decir en cierta ocasión -no lo he contrastado- que ya allá por el siglo XVII o XVIII, unos holandeses sugirieron a la Corona de España la construcción de una vía de comunicación entre los océanos Atlántico y Pacífico. Propuesta que, por supuesto, se desestimó; y acaso con buen criterio, aunque con toda probabilidad no fue ésta la consideración primordial. Sin que esté en condiciones de asegurarlo, diría que la tecnología disponible en aquellas épocas lo hacía inviable. Pero los holandeses de esto sabían mucho ya por entones. Así que nunca se sabe; los antiguos egipcios habían comunicado mediante canales navegables el delta del Nilo con el mar Rojo -anticipándose tres milenios al canal de Suez-; y en el siglo I, el emperador romano Nerón inauguró las obras de un canal en el istmo de Corinto entre el Egeo y el Jónico. En este último caso, las obras no prosperaron, pero parece que fue por razones ajenas a las posibilidades técnicas de llevarlo a cabo. En fin, que nunca se sabe…

Quien sí vio en el istmo de Panamá múltiples potencialidades fueron los Estados Unidos. Así que le arrebataron este territorio a Colombia, por las buenas y sin dar más explicaciones. Sobornaron al comandante de la guarnición -que se fue con viento fresco, pero con el bolsillo lleno de dólares- plantaron la Stars & Stripes y aquí estoy porque he llegado. Fue en 1903. No era imperialismo, como no lo había sido en Cuba cinco años antes. Y si alguien lo duda, que se lo pregunte a los filipinos, que se dejaron cien veces más muertos en tres años contra los EEUU –de 1899 a 1902-  que en cuatro siglos contra España. No, no era imperialismo… Porque no se trataba de dominar por la brava sin más: era por algo. Nada personal, sólo negocios, como decían los Corleone.

En 1904, año siguiente al de la proclamación de la república títere de Panamá, los norteamericanos empiezan la construcción del canal. Diez años después (1914), y con unas decenas de miles de semiesclavos muertos en el empeño, lo inauguraban. Luego vinieron las cuentas off shore, que no son sino la continuación de lo mismo: canales de evitación que permiten transcurrir por un terreno impracticable… Sólo que, en este caso, no es por el agua para evitar tierra firme, sino otra cosa.

Off shore. Que palabra tan curiosa. En inglés «shore» significa, como tantos otros términos ingleses, muchas cosas. Freguianamente hablando, diríamos que tiene muchos referentes. «Off shore» aún más, pues añade matices a cada uno de ellos. Usualmente, «más allá de la costa», o sea, en el mar. Pero quien fija la referencia es el límite, de modo que también significa extraterritorialidad, definiéndose ésta a partir de la línea que marca este límite, esta frontera. Y según la posición de cada cual con respecto a él, está «in shore» o «off shore»; según el punto de vista. Hasta he oído a tíos –angloparlantes nativos- decir que se iban «in shore» cuando pillaban el helicóptero hacia la plataforma petrolífera. Todo depende de allí de dónde uno se sienta, supongo. Yo, como sólo domino el inglés si es bajito y se deja, pues eso: extraterritorialidad, extralegalidad…

¿Quién no aparece implicado en las cuentas off shore? Están los Bush, el rey de Marruecos, el Premier británico –una herencia de su padre, dice; sí, como la que legó Florencio Pujol-, Rodrigo Rato –otro gran patriota-, el primer ministro de Islandia, Putin… políticos de la más variada laya y de todas las naciones –con o sin Estado, y de todas las categorías: «civilizadas», bárbaras y salvajes-, la mafia… Deportistas, actores y directores de cine- buenos y malos-, la Iglesia –todas las iglesias que en el mundo han sido y siguen siendo-, banqueros –todos los bancos, que aquí reducen personal, pero no sus contratos blindados-, famosos, famosas y hasta famosillos de medio pelo… ¿Quién no está?

En realidad, para sorprenderse de esto se requieren unas grandes dosis de buena fe. Igual que los batracios respiran por la piel aunque también boqueen, el «sistema» exuda paraísos fiscales, topoi off shore –con perdón-, en los cuales esconde, no sus vergüenzas, sino su auténtica naturaleza.


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