dissabte, 4 de juliol del 2015

EL ESPERPENTO COMO FASE SUPERIOR DE LA FARSA (I de II)



Mientras aguardamos la decisión que los griegos tomarán mañana, no deja de ser chocante que, por parte de todos, pero sobre todo por parte de los que cuestionan la pertinencia del referéndum convocado por Tsipras, el resultado que arroje estará legitimado sólo si coincide con su propuesta. Vamos, que uno detecta una cierta asimetría que afecta de lleno a la propia concepción de la democracia. Esa democracia que, con gran acierto, Gregorio Morán califica hoy en su «Sabatina» de democracia envenenada. O a lo mejor, si contra su criterio se nos permite todavía un ímprobo esfuerzo de ingenuidad, que nos están haciendo trampa.

Veamos, parece bastante fácil inferir que los que se han manifestado contra la convocatoria del referéndum griego son los mismos que ahora están postulando, desde dentro o desde fuera de Grecia, el «Sí». Es decir, grosso modo, la aceptación de las condiciones impuestas a Grecia. Y que su posición contraria a la convocatoria responde a que no se trata de cosas que puedan decidirse, ya no hay nada que decidir en este tipo de menesteres, porque sin duda se consideran ámbitos no decidibles; sólo hay que acatar y punto. Y la paradoja es que si sale el «Sí» el domingo, se invocará ello no obstante el referéndum como fuente de legitimidad.

La posición del gobierno griego es en cambio muy distinta, porque tendrá que asumir el resultado, tanto si es «Sí» como si es «No». Para los otros sólo habrá servido si ratifica sus tesis: si sale el «Sí». De ahí la asimetría.

Ciertamente, cada vez me parece más acertado el término «Tecnodictadura» que utilizó Manuel Castells para referirse a esta especie de «fase superior de la democracia», una democracia cada vez más supeditada a unos imponderables que falsamente se han introducido como supuestamente objetivos y sin posible discusión, que condicionan no sólo el funcionamiento, sino el propio concepto de democracia. Se puede, por ejemplo, y ya en nuestro caso, privatizar Telefónica y colocar ahí a los propios ministros que la llevaron a cabo, o la sanidad pública; siempre sin posible retorno. Cualquiera que pretendiera hoy llevar a cabo la recuperación del carácter público de entidades privatizadas, toparía con un muro que ríanse ustedes del marasmo griego. Son las reglas del juego, nos dicen, va con los tiempos… y eso cuando no se nos recuerda que no estamos en los siglos XIX o XX, como si no supiéramos en qué siglo y año estamos viviendo…

Y dentro de estas reglas está el fingimiento democrático, el paripé. Todo, en apariencia, ha de presentar unos visos de legalidad, en la mayoría de casos elaborados Ad Hoc para facilitar dicho fingimiento. Llevamos muchos años con el paripé, pero cuando la realidad se deteriora, el paripé se manifiesta como farsa… mientras tanto se gesta el germen del esperpento. Discutamos por tonterías ya que las cosas importantes están fuera de nuestro alcance, y tomemos lo anecdótico como categoría suprema donde se dilucida el ser o el no ser del sistema.

Los derechos que no se ejercen, acaban perdiéndose, y lo peor es que cuando esto ocurre ya no queda nadie para enterarse. Eso sí, prosigamos con la farsa. Hay decenas de ejemplos que podría dar de cómo lo irrelevante adquiere condición de categoría, mientras que lo trascendente, lo relevante, queda progresivamente relegado a la condición de entelequia. Entiéndase este último término en su acepción cotidiana, no en la aristotélica, claro. Y el ejemplo que tengo ahora mismo más a mano es el prurito que les ha entrado a algunos, acaso afectados por las farisaicas fiebres de la renovación, con la farsa de la elecciones primarias para determinar quién encabezará las listas de sus respectivas formaciones a las distintas concurrencias electorales.
Se trata de un ejemplo casi paradigmático de cómo se pierde el tiempo en lo accidental a la vez que olvidamos lo esencial. Es como si –escenas a las que quien suscribe ha asistido en más de una ocasión- en un claustro de profesores de instituto, alguien propone que se vote la decisión de poner a votación una determinada propuesta. En los tiempos que se votaba algo, claro, hoy ya ni eso. Pues bien, lo de las primarias en los partidos, como ya dije en otra ocasión, se me antoja una farsa cada vez más próxima al esperpento. La farsa no se la cree nadie, pero es un trámite por el que hay que pasar; el esperpento, en cambio, consiste en creerse la farsa; en unos fingiendo creérsela, en otros creyéndosela de verdad; desde la hipocresía o desde la ingenuidad, pero ambos interiorizándola como categoría. Contra lo que pudiera parecer, el descubrimiento de la farsa no comporta por lo general su denuncia, sino su reafirmación en el esperpento como fase superior de la farsa. Hoy estamos entrando ya en el esperpento.

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