dimarts, 18 de febrer del 2014

DE CAPITANES Y REYES







Mal lo tiene un político si necesita ganarse a los empresarios implorándoles que se sumen a su proyecto con símiles, tan arrebatados como pacatos, tales como los de Mas hace unos días ante quienes, en buena lógica, debieran de ser sus más firmes apoyos. Más aun, ante quienes deberían ser impulsores explícitos del proyecto que intenta venderles y del cual él sería un simple ejecutor. Y si a eso le añadimos las recientes declaraciones  de los presidentes de "Foment" -la patronal catalana- y de la CEOE -también catalán-, la cosa empieza a parecerse más a un vodevil de tres al cuarto que a la épica mosaica con ribetes ´redentoristas que se anunciaba. Ellos son los reyes y él, en todo caso, quien aspira a ser su capitán. Y esto es precisamente lo que le han recordado.

Porque si un sector ha sido históricamente impulsor de movimentos nacionalistas es precisamente aquél que, dados sus intereses económicos, ambiciona un estado propio en el cual poder implantar un modelo más acorde a sus intereses, que son siempre de naturaleza fundamentalmente económica. Y es en este sector donde las calabazas recolectadas, ora en forma de portazos, ora de desdenes o hasta con ocasionales exabruptos, auguran un monocultivo cucurbitáceo que nada bueno sugiere para el futuro de un proyecto ante el cual, quienes deberían impulsarlo, se muestran reluctantes, indiferentes y hasta abiertamente hostiles.

Al menos desde esta perspectiva, diríase que estamos ante una forma curiosa de la cámara obscura, símil de una secuencia del proceso en el cual se produce una inversión de la realidad cuyo resultado, siguiendo a Marx, es la alienación. Una inversión que no parece tener solución de continuidad y que no se traduce en adhesiones al proyecto. Una paradoja más de tantas: se le está diciendo a una clase que se sume a un proyecto que debería ser el suyo sin que el grupo en cuestión aparente mover ni un dedo hacia esa dirección. ¿Acaso la clase empresarial catalana no sabe cuales son sus intereses objetivos y se los ha de recordar la clase política de su propia derecha "nacional"?

Cambiando de registro. Es cierto que entre amplias capas de la población catalana el voluntarismo independentista ha medrado considerablemente. Pero parafraseando ahora la contraposición schilleriana entre lo ingenuo y lo sentimental, y sin menoscabo de ciertos elementos de ingenuidad palmaria -o de alienación-, como lo de ofrecerles capitanías a los reyes, lo cierto es que el independentismo catalán entraría de lleno en lo que podríamos llamar nacionalismo sentimental. Ello con el agravante que quien tiene la patente no parece compartirlo y sólo esta curiosa inversión propia de la caja obscura en que se mantiene la realidad catalana, permite que desde la clase política se les pretenda inocular un nacionalismo inducido que no pueden compartir, simplemente, por anacrónico y disfuncional. Que no va con sus intereses, vamos.   

Como clase social, los empresarios -la alta burguesía en terminología clásica- saben muy bien lo que quieren, por más que esta inversión anómala del instante "caja obscura" -anómala por la eternización de lo que es en sí sólo una secuencia- nos esté ofreciendo un escenario en el cual, los políticos aupados al poder después de treinta artificiosos años de pujolismo y de "construcción nacional" se estén atreviendo a decirles a sus amos lo que han de hacer. En esto radica lo ingenuo; lo sentimental, por su parte, está en el modelo y en el planteamiento de ese modelo... en el discurso, entendiento este término en su acepción clásica.

Desde los escoceses que vieron la oportunidad de hacer negocio a la sombra del imperio británico hasta los terratenientes norteamericanos que se sublevaron contra una metrópoli que perjudicaba sus intereses económicos, es la clase social dominante la que promueve y aupa a la clase política -y a la militar si procede- que deberá efectuar su proyecto. Porque lo otro, "lucha de clases" en un marco de redentorismo nacional, no es que sea una quimera, es simplemente una falacia. Cuando la izquierda abraza cualquier forma de identitarismo acaba inevitablemente vampirizada y el medio que debía servir para un fin acaba convirtiéndose él mismo en ese fin.

¿Hasta cuándo este simulacro consistente en la eternización de una inversión que sólo es un recurso teórico entendido como una secuencia necesaria para la aprehensión de la realidad (alienada)? ¿Hasta cuándo este simulacro? ¿Hasta cuándo esta ficción? 


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