dissabte, 22 de setembre de 2012

NACIONANISMO (I)


Jorge expone en su blog con bastante crudeza lo que para mí es el ingrediente fundamental de lo que se está cociendo con todo este resurgimiento nacionalista: propiciar la tensión, el stress, con una finalidad muy concreta: conseguir la hegemonía de unos determinados grupos sobre una determinada sociedad. Ya he dicho en otras ocasiones que el estado del bienestar fue el resultado del pacto tácito entre las socialdemocracias y las democracias cristianas para contener el peligro real de bolchevización en la Europa de 1945. Muerto el perro, se acabó la rabia. O lo que es lo mismo, liquidada la URSS, el estado del bienestar se convierte en una rémora que hay que desmantelar. Pero convencer a la gente de ello no es tan fácil. Por lo tanto, hay que buscar y promover valores desde los cuales este mismo estado del bienestar acabe siendo visto como tal rémora por sus propios beneficiarios, por aquellos que deberían defenderlo a muerte. La generación de tensión desde nacionalismos centrales y periféricos ha sido en España el primer gran elemento coadyuvador en esta empresa. El segundo ha sido el favorecimiento indisimulado de la inmigración ilegal para utilizarla, no tanto como mano de obra barata, que también, sino como factor de desestructuración social que produzca la quiebra de un estado de cosas que se lleve por delante también a los valores en que se inspiraba. En el desamparo y la inseguridad, el individuo busca algo a que agarrarse, y como no hay nada mejor que una identidad diseñada a medida, no como la fría moda prêt à porter  propia de la indistinción administrativa del Estado moderno, encuentra lo que previamente ya se le había preparado: esta nueva forma de religión que es el nacionalismo. Pero eso sí, reconvertido, adaptado a la función para la que se lo ha rediseñado.

El nacionalismo se presenta como próximo el individuo, casi intimista, penetra en su singularidad y le confiere una identidad a la cual se debe. En contraposición, se presenta un estado frío y distante, voraz recaudador meramente extractivo, que reinvierte el botín del expolio en otros lugares o en otras gentes. Ya sean otros territorios u otras clases sociales los supuestos beneficiarios de este expolio. En cualquiera de los casos, el agravio está servido.
Pero hay una diferencia fundamental entre el nacionalismo clásico del siglo XIX, que emerge como superación del ancien régime y se instala como solución de continuidad frente al agotamiento de la Revolución Francesa, y el nacionalismo emergente del que ahora estamos hablando, ya sea el españolismo tridentino de Intereconomía o el catalanismo montserratino de TV3. La diferencia radica en que el primero era estatalista y su obra histórica fue precisamente el Estado-nación. El de ahora, el nacionalismo redivivo que emerge en el siglo XXI, es furibundamente antiestatalista. El mismo fenómeno, sólo que de forma mucho más civilizada, como es normal, se está produciendo también en Europa. La diferencia la pone el pathos hispano y las tensiones que le son inherentes, que agudizan el proceso y le confieren una mayor dosis de conflictividad y vesania.  Pero estamos hablando de algo que está pasando en todas partes. Hace doscientos años, el nacionalismo cuajó bajo la forma del Estado-nación; hoy, en cambio, se propone destruirlo y substituirlo por no se sabe muy bien qué. ¿Qué ha pasado aquí?

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